Fragmento de las palabras del P. Rector, Joaquín Barrero s.j., en su saludo a los antiguos alumnos y profesores con motivo del 25 aniversario del colegio (31 de marzo 1986).
El proyecto era sencillo en los números que se barajaban, pero amplio en la calidad de resultados que se querían adivinar. Un Colegio de orientación vocacional hacia la vida religiosa; en sus 250 plazas de internado, con un resto de 150 plazas destinadas a alumnos externos, comprometidos con una esmerada línea formativa en sus dimensiones humana y religiosa. Siempre como cota máxima 400 alumnos.
La Compañía de Jesús planifica con esperanza dicho proyecto, como se demuestra de los 21 profesores jesuitas y 3 PP. Espirituales que destina a este centro para atender a los 273 alumnos que tiene el Colegio en sus inicios. Alumnos a los que dirá el P. Luis Pardo, Rector que inaugura el Colegio: «se les exige mucho, por su- poner les muy capaces de soportar esa exigencia».
Son ya 148 los jesuitas que a lo largo de estos veinticinco años han dejado aquí su entusiasmo y trabajo. Pero son aquellos, los de los primeros años, los que han dejado una impronta. Ellos soporta ron el peso de unas circunstancias muy difíciles, que vistas desde la actualidad tienen aureola de heroísmo. Circunstancias difíciles por condicionamientos externos: edificio, aislamiento físico. de la ciudad, precaria economía... Circunstancias difíciles por condicionamientos internos, ya que en esa suplantación de objetivos que los vaivenes del tiempo traen consigo, a la reciente inauguración sigue muy pronto lo que podríamos llamar etapa de transición, incentivada por una vanguardia eclesial, toda- vía en catacumbas, pero pronta a visualizarse en el horizonte abierto por el Vaticano II, y a nivel jesuítico por la Congregación General 31 y un nuevo generalato, el del P. Pedro Arrupe...
Cuando se inician los años 70 se consuma el cambio de finalidad del Colegio. Ya no se podía.
Sostener el ambiente tradicional de escuela apostólica; optándose, eso sí, por mantener un fuerte espíritu de familia educativa en medio de un intenso cultivo cristiano. Las puertas del Colegio, semiabiertas hasta entonces a la Ciudad, se abren ahora de par en par '8,10s alumnos externos de León, de- cayendo vertiginosamente el número de alumnos internos. Como símbolo externo, ya no basta la furgoneta del H. Madrazo para traer a los alumnos de León. Se va imponiendo lentamente una también lenta caravana de auto- buses. Caen tabiques sin mayores esfuerzos, otro símbolo. Se anulan dormitorios y surgen aulas, mientras el resto del alumnado interno que todavía queda, se ve obligado a irse replegando en honrosa retirada hacia unas frías camarillas.
Es también, al inicio de esta década, agosto de 1970, cuando la Ley General de Educación de Villar Palasí va a suponer toda una modificación en la forma de planificar la enseñanza. El Colegio de los Jesuitas de León aprovecha esta ley para desde ella cambiar estructuras y organigramas: tutorías, sectores, áreas educativas, evaluaciones, etc., sustituyen a lo que podríamos llamar el antiguo régimen (sin buscar demasiados paralelismos).
La incorporación del personal seglar, docente y no docente es ya una realidad. Desde el principio de su estar entre nosotros late un empeño que ha sido siempre preocupación, y que las más de las veces ha tenido un muy positivo resultado: pasar del simple rol de asalariados, al imprescindible papel de «agentes multiplica. dores». Ellos han sido objeto In- cuestionable de nuestra fe, como elementos llenos de valor a incorporar a nuestra misión. Son, fuisteis y sois, esos «auténticos laicos perfectamente sintonizados con el ideal ignaciano», a los que Arrupe se iba a referir en 1980.
Un paso muy importante es el que tiene lugar en setiembre de 1971: la fundación de COU intercolegial. Estábamos ya afortunada mente formando equipo con las fuerzas educativas que existían en León. La lejanía se iba acortan-do. Como nuevo símbolo externo, el camino del «Cuco», embarrado y polvoriento, se convierte en camino asfaltado.
Podíamos ir, podían venir. También un símbolo. Hay, avanzando por esta década del 70, ya en otro quinquenio y con otro Rector, el P. Enrique Prieto, un cambio radical. Gracias a su tesón y al de sus colaboradores, con la efectiva participación de la Asociación de Padres, el Colegio pasa a estar subvencionado al cien por cien, expresión inexacta a todas luces, pero al menos significativa de un nuevo talante.
Junto a la Compañía estaba toda la Iglesia que desde estos instantes hace un esfuerzo gigantesco por quitar esa imagen tópica de unos Colegios Religiosos dedicados con exclusividad a las clases privilegiadas e involucionistas.
Es verdad que el Colegio de León queda ya muy lejos de los objetivos que motivaron su traslado de Carrión a León. No ha sido una traición, sino una sabia escucha a los signos de los tiempos, de esa maestra del camino de cada día que es la historia. Por ello y entre paréntesis, mi deseo de que unas Bodas de Plata no condicionen la interrogante que forzosamente, que gracias a Dios, lo por venir nos va a traer. Nuestro ser o no ser no son nuestros, sino de allá en donde sea necesario, lo más necesario, porque otros no llegan a ello. La vocación cristiana se prepara en los sitios en donde se trabaja con honradez, sin directívismos doctrinarios, pero sin anonimatos, sin sobresalto de improvisación, pero sin atar la creatividad de cada tiempo y su gente, sin hacer, pues, del futuro de una obra ni de sus moradores, un camino único, trillado..
León ha dado un giro. Pero siempre dentro de ese amplio abanico que se puede dibujar desde el pensamiento de Ignacio de Loyola, citado como profecía en el discurso inaugural pronunciado por el P. Pardo. Este era el texto ignaciano que abría el existir de esta casa: «De los que solamente son al momento estudiantes, saldrán con el tiempo diversos, quién para predicar y tener curar de ánimas, quién para. el gobierno de la tierra y administración de la justicia, quién para otros cargos, y finalmente porque de los niños se hacen los grandes, la buena educación en vida y en doctrina de éstos, aprovecharán a muchos extendiéndose cada día más el fruto».
Lo que ya no sería ortodoxo es el concretar el matiz de cada cambio desde el pensamiento de Ignacio. Lo inteligente es dejar las situaciones abiertas. No hay por qué vislumbrar todas las posibilidades. Una de ellas, sin duda no pensada en el siglo XVI, pero también en 1959 fue el hacer de este centro un Colegio Mixto. En el Rectorado de Carlos Lozano, sin embargo, se llevará a cabo. En 1980 se abre el plazo de admisiones para niños y niñas de Preescolar y Primero de EGB. Eso sí, unos años antes, para evitar equívocos el P. Arrupe en carta dirigida al entonces Provincial P. Ángel Tejerina, con fecha de 16 de setiembre de 1976, autorizaba el que ante la evolución interna de la naturaleza del Colegio-Seminario Menor de la Compañía de Jesús en León, en adelante se re denominase Colegio Sagrado Corazón, suprimiendo por tanto el título de Seminario Menor de la Compañía.
España vive una nueva situación política, al aprobarse por las Cortes en Octubre y por referéndum en diciembre de 1979, la Constitución. En ella un ambiguo artículo 27 va a admitir muy distintos modelos educativos, dependiendo, y esto dicho sin metáfora, del color con que se mire. Es lo que el P. Lozano ha llamado e.1 «primer envite legislativo» como definición de su trienio de Rector...
En junio de 1980 se aprueba la LOECE, ley condenada a la ineficacia, como se vislumbró en 1os avatares de su polémica discusión. Como ley va a: ser nula. Pero sin embargo tuvo una nota positiva para 1ª vida interna de los centros, que unifícó particularmente en este Colegio a los distintos estamentos de lo que ya iba siendo habitual llamar «comunidad educativa».
Por el imperativo de la legislación civil, (pronto será aprobada una ley nueva, la LODE, que no es el momento de valorar, a pesar de lo bonito, interesante y urgente que ello resultaría), por el impulso de la Compañía que fiel a su vocación originaria y a las directrices de sus superiores genera- les, tratan de responder a la recién nacida situación sociopolítica¡ y por la propia vitalidad que anima a nuestro Colegio se explayará un período, a partir del 81, rectorado del P. Elosúa, que si en su opinión no puede calificarse de evolución, sí puede hablarse en él, con toda verdad, de una mayor incidencia y preocupación por el logro de una Comunidad Educativa actuante. Y para ello se dieron pasos eficaces.
Pero lo más importante de la historia de un Colegio en sus 25 años, no son los cambios que la presión del tiempo va urgiendo. Lo más importante son esas generaciones que año tras año van saliendo de entre nosotros. Lo más importante sois vosotros, los antiguos alumnos. Vuestra postura, vuestra respuesta ante la vida, es lo que significa-nuestra opción por el campo educativo.
Esto de ser Antiguo Alumno de un Colegio de la Compañía no se puede reducir a un nombre romántico, Eso sería vivir de elitismo de ayer, estatuas de sal que nada significan. Hace ya muchos años el P. Arrupe formulaba así la identidad del Antiguo Alumno: «La verdadera identidad del antiguo alumno supone la asimilación del Espíritu que la Compañía de Jesús quiere comunicar a sus alumnos al ayudarles en su formación humana y espiritual, individual y social. Quiere esto decir-que el Antiguo Alumno debe ser un hombre de fe profunda y compro- metida, y de una vida personal, fa- miliar y social ejemplar; debe de estar imbuido de un espíritu de servicio a los demás que le impulse en consecuencia a ejercitar su propio apostolado».